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Costumbres y Tradiciones

Ricardo Solano |
Costumbres y Tradiciones

Cuando hablo de costumbres y tradiciones, por lo general, vienen a mi mente agradables recuerdos de mi infancia. Siempre ha sido así, trato de recordar lo bonito, bueno y satisfactorio.

Las tradiciones están llamadas a pasar de generación en generación, aunque es algo que no siempre se logra. Es posible que los que más éxito tengan en alcanzarlo sean los aborígenes, porque lo que son las nuevas generaciones, la tecnología les suministra información prácticamente ilimitada para bien o para mal.

Entre las cosas que más pasan de padres a hijos, o de madres a hijas, está lo culinario, tendencia que ha sido rota, en primer lugar por la industria y sus productos casi preparados, o de solo calentar y listo, a consumir; en segundo lugar y dada la velocidad con que ahora se vive y el poco tiempo para la preparación de alimentos, recurrimos a lo para llevar, allí el comercio nos ofrece de todo debidamente empacado, claro está, que nunca se podrá comparar una hamburguesa o unas papas fritas, a la conocida olla de carne, si es que hablamos de su aporte nutricional.

Retomo el inicio del artículo para decirles que en mi casa, o en mi familia, todos los años se preparaban los tradicionales tamales navideños, mismos que se compartían con vecinos y familiares, lo que daba paso al tema de adivinar de dónde eran los que nos habían servido.

Nosotros, los chiquillos, nos contentábamos solo con consumir aquel alimento, infaltable para la época en la mesa costarricense, pero las y los mayores sí daban su opinión. “Ese es de donde fulano, siempre le ponen vainicas”. “El que me tocó a mí es de doña sutana, ella acostumbra ponerle garbanzos”.

En mi familia y hasta donde alcanza mi memoria no le ponían muchas cosas al tamal, eso sí, se aliñaba bien la masa con el caldo donde se había cocinado la carne de cerdo, el arroz con achiote, zanahoria y pare de contar.

Era una actividad familiar que por lo que recuerdo se efectuaba el día veintitrés de diciembre, todos los años.

Las hojas de plátano o guineo se hervían en buena agua y luego ya frías, se limpiaban. Algo que quiero destacar es lo que se utilizaba para amarrar los tamales. Lo llamábamos daguillas, posiblemente porque tienen la forma de una daga y que no es otra cosa, que las hojas del itabo, mismas que también pasaban por el agua en ebullición.

El siguiente paso era hacerlas en tiras delgadas y unir dos o tres de ellas, eso daba el largo suficiente para amarrar una piña de tamales.

Era una forma de amarrar los tamales, más ecológica, ya que tanto las hojas como el amarre eran de carácter biodegradable y al itabo se le hacía una afectación muy reducida, dada la cantidad de daguillas que tiene cada planta.

En otras palabras, sí había hilo de algodón delgado, pero no se usaba para amarrar tamales, el manila que recuerdo era para bailar trompos de madera.

Pero vamos a lo que vivíamos en mi familia en relación a la confección de los tamales navideños.

La masa ya estaba espesa y fría, las hojas colocadas y limpias, los ingredientes todos sobre una gran mesa o moledero.

Una persona ponía la masa, otra el arroz, otra la carne y la zanahoria, luego las que los envolvían y el trabajo final era el de los hombres, que se encargaban de amarrarlos.

De la mesa pasaban a una gran olla donde se cocinaban, de ahí solo era esperar a que se enfriaran un poco para poder consumirlos, algo que casi siempre se daba en el desayuno del día siguiente.

Lo que no tengo claro era la forma de conservarlos, ya que en la zona rural no había electricidad, menos refrigeradoras, recuerde que estoy devolviendo el casete hasta el año sesenta y cinco.

Las demás tradiciones de la época eran casi todas de carácter religioso, a excepción del regalo del niño: una camisa, un pantalón o zapatos, algo que nos compraban dos veces al año.

Que linda mi infancia.

Recordar es volver a vivir.

Hasta la próxima.

Última actualización: 02/08/2021