Columnistas

El corteza amarilla y la identidad con la naturaleza

MSc. Luis Ricardo García Vargas / Educador, escritor e historiador |
El corteza amarilla y la identidad con la naturaleza

Son las 5.12 p.m. tengo en mis manos un café de nuestra propia cosecha, con sabor a hogar. Al frente un corteza amarillo y a la izquierda otro. Ambos con abundantes flores. Son flores que como el resto de árboles y plantas, nos dan momentos de paz, de libertad y alegría.

La tranquilidad consume en éstas circunstancias y en momentos, en que millones de seres de nuestra especie, estimulan las guerras, otros mueren de hambre y en abundantes lugares miles luchan bajo el estandarte de lograr eclipsar el poder, cualquier tipo de poder. Solo desean oler a poder y por lo general, bajo circunstancias poco humanas, impulsado así, una locura estimulada por el acto insaciable de llenarse de bienes materiales sin poner límites al cómo y sobre qué.

Absolutamente nada supera la belleza que nos obsequia ese árbol de corteza amarilla, con sus colores únicos.  Colores que son capaces de cambiar nuestro estado de ánimo y de ayudarnos a interiorizar para saborear aunque sea por un instante el verdadero sentido de la vida.

Esa y cualquier flor de la naturaleza nos demuestra que la verdadera mujer y el justo hombre, está en la capacidad de provocar felicidad, de llevar paz a cada rincón de la familia, comunidad y sociedad.

Es así como se engendra y alimenta un verdadero estado que vale la pena defender.

Esa actitud es la única forma de proteger y dar seguridad al propio yo y a toda esa legión humana que mira para conocer hasta que punto es parte de la naturaleza, es parte de su verdadero origen. De ese lugar donde es padre, madre e hijo a la vez.

Un ser que abandona su propia naturaleza para dar prioridad al exhibicionismo, a su locura de poder en sus diversos estatus, que estimula la muerte, la desigualdad que, disfruta el maltrato en todas sus formas a la criatura humana y convierte el trabajo en un arma de destrucción sicológica y material de sus semejantes, es una seria y abominable aberración de la creación misma.

Seremos felices si nos esforzamos por repartir felicidad, solo así, se es digno de ser llamado humano, ciudadano y constructor de justicia, de la paz y la libertad personal y colectiva.

He ahí le paso para destruir la corrupción creada, criticada pero a la vez estimulada por sus propios progenitores.

Última actualización: 01/03/2024