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El odio del Estado por la cultura y la utilidad de lo inútil

Eladio Soto/Arquitecto |
El odio del Estado por la cultura y la utilidad de lo inútil

La cultura ha sido históricamente uno de los pilares fundamentales del desarrollo humano. Sin embargo, en el contexto de los Estados modernos —configurados bajo la lógica del capitalismo financiero— la cultura suele ser relegada a un segundo plano, cuando no directamente despreciada o desfinanciada. Este aparente desdén del Estado por la cultura no es casual, sino que responde a una racionalidad económica que mide todo en términos de rentabilidad inmediata, producción en serie y utilidad cuantificable.

La confusión entre riqueza y finanzas

Uno de los errores más comunes en las sociedades contemporáneas es confundir riqueza con dinero. En la cultura occidental, profundamente influida por el pensamiento capitalista, la noción de riqueza se ha reducido a lo financiero: cuentas bancarias, bienes de consumo, acciones, propiedades. Sin embargo, existe una dimensión de la riqueza que no se puede contar en cifras, y que reside en las expresiones del espíritu: la música, la arquitectura, el arte, la literatura. Estas manifestaciones no satisfacen necesidades inmediatas ni son fácilmente convertibles en productos de consumo masivo. No obstante, constituyen una forma superior de riqueza: aquella que expande la conciencia, eleva el alma y ensancha los horizontes de la libertad.

La utilidad de lo inútil

En este sentido, el pensamiento del filósofo italiano Nuccio Ordine es especialmente relevante. En su libro La utilidad de lo inútil, Ordine reivindica todos aquellos saberes y experiencias que, aunque no produzcan beneficio económico inmediato, resultan esenciales para la formación del ser humano. Según Ordine, vivimos en una época en la que todo debe ser rentable y funcional. Pero justamente por ello se vuelve urgente recordar que las cosas más valiosas —el arte, la filosofía, el amor, la contemplación— no se rigen por la lógica de la utilidad.

La música no alimenta el cuerpo, pero nutre el alma. La arquitectura no se limita a dar cobijo, sino que moldea nuestra experiencia del espacio y del tiempo. El arte no produce bienes de consumo, pero sí bienes de sentido. En resumen, la cultura no es un lujo, sino una necesidad superior: la necesidad de trascender la mera supervivencia.

Del reino de la necesidad al reino de la libertad

Este tránsito —del reino de la necesidad al reino de la libertad— es clave para comprender el lugar que debería ocupar la cultura en la vida social. La necesidad está relacionada con la supervivencia biológica y urbana: comer, dormir, trasladarse, trabajar. Pero la libertad comienza allí donde termina la mera necesidad. Solo cuando se satisfacen las condiciones mínimas de existencia es posible aspirar a la libertad como realización del espíritu.

Por eso, las sociedades que aspiran a ser verdaderamente humanas deben garantizar ese paso: no solo proveer a sus ciudadanos de pan y techo, sino también de belleza, pensamiento, reflexión y arte. La cultura es el campo en el que se cultiva esa libertad. Sin cultura, la sociedad retrocede al estado de mera supervivencia, aunque tenga altos índices de crecimiento económico.

El Estado y su relación ambigua con la cultura

A pesar de esta realidad, el Estado moderno, como ordenador de la vida urbana y rural, suele relegar la cultura al último lugar en la lista de prioridades. Los motivos son variados, pero todos convergen en la lógica del corto plazo: el arte no rinde beneficios inmediatos, su impacto es a largo plazo y su "mercado" es reducido a públicos específicos —cultos, académicos, sensibles— que no suelen coincidir con las grandes masas de votantes o consumidores.

Además, la cultura requiere subsidio, cuidado, inversión. Y en tiempos de crisis o de ajustes fiscales, lo primero que se recorta son los fondos destinados a las humanidades, a las artes, a la conservación del patrimonio. Esta lógica de desprecio no se da por maldad, sino por ceguera: el Estado está atrapado en la economía de la urgencia.

Los países menos cultos, aquellos que no han desarrollado una sólida tradición humanista, tienden incluso a eliminar directamente la cultura del presupuesto público. Pero al hacerlo, debilitan las bases mismas de su identidad y su capacidad de construir ciudadanía. Una nación sin cultura es una nación sin alma.

Conclusión

La cultura no es una carga que el Estado deba tolerar, sino una de sus más altas responsabilidades. La verdadera riqueza de un país no se mide solo por su producto interno bruto, sino también por la profundidad de su música, la originalidad de su arte, la belleza de su arquitectura, la fineza de su pensamiento. En un mundo donde todo tiende a ser reducido a lo útil y lo rentable, recordar la utilidad de lo inútil —como lo propone Nuccio Ordine— es un acto de resistencia y una afirmación de humanidad.

Solo cuando logremos romper con la dictadura de la utilidad y abramos espacio a la gratuidad del arte, podremos pasar realmente del reino de la necesidad al reino de la libertad. Y entonces, tal vez, el Estado dejará de odiar a la cultura para convertirse en su protector y promotor.

Última actualización: 21/05/2025