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Música, religión, capitalismo y socialismo

Crónica de dioses, ídolos y desentonaciones ideológicas

Eladio Soto/Arquitecto |
Música, religión, capitalismo y socialismo

Si alguna vez existió un lenguaje capaz de tocar simultáneamente el alma y la razón, ese fue —y sigue siendo— la música. En su naturaleza hay una suerte de divinidad que conmueve tanto al mendigo como al emperador, y sin embargo, ha sido también prostituida por regímenes, mercados y credos. Quien estudie profundamente el arte musical descubrirá su potencial para elevar al hombre hasta el misterio del bien… o arrastrarlo al ruido del desvarío colectivo.

La religión, entendida en su sentido más amplio, funciona como un sistema con tres ingredientes infaltables: un mensaje, un dios —o ente de adoración— y una finalidad, ya sea el bienestar terrenal o la trascendencia espiritual. Desde esta óptica, podríamos llamar religión también al comunismo, ese hijo bastardo del siglo XIX que, al no creer en un dios trascendente, se fabricó uno a medida: la revolución. Marx fue su profeta, Lenin su evangelista, y Stalin su sumo pontífice. Su paraíso prometido: la dictadura del proletariado.

¿Resultado? Expropiación de vidas, libertad y sentido. En la URSS de los años 30 a los 80, el arte debía someterse al “realismo socialista”: si no marchabas al compás del Estado, tu partitura acababa en el fuego y tú probablemente en el gulag. Dmitri Shostakovich lo supo bien cuando, tras el estreno de Lady Macbeth de Mtsensk en 1934, fue tildado de enemigo del pueblo por “formalista burgués”. El miedo, más que la inspiración, dictaba la armonía.

Pero cuando el martillo soviético comenzó a oxidarse hacia finales de los años 80, los comunistas encontraron un plan B, gracias al presidiario más influyente del siglo XX: Antonio Gramsci. Desde su celda, en los años 30, escribió sus Cuadernos de la cárcel, donde propuso abandonar la toma de tanques para dedicarse a la toma de teatros, escuelas y medios. ¿El objetivo? Destruir los fundamentos culturales de Occidente: familia, religión, arte, belleza, moral. Ya no era necesario fusilar a los músicos, bastaba con pervertir la música.

Mientras tanto, el capitalismo —ese híbrido entre teología calvinista y pragmatismo anglosajón— decidió que el arte también podía ser rentable. Y vaya que lo logró. Dio a los artistas un micrófono, un estadio y una cuenta bancaria, pero a cambio les pidió algo: que rindieran culto a otro dios. El del dinero.

En este mundo, el virtuosismo importa menos que la viralidad, y la belleza ha sido reemplazada por el algoritmo. El espectáculo es la nueva misa, donde los mozalbetes, esos nuevos creyentes con entradas pagadas, adoran no a Dios ni a Apolo, sino a un pop star autotuneado que simula transgredir mientras repite el mismo ritmo binario. El estadio es el templo, la obscenidad su incienso, el desenfreno su consagración.

La paradoja no es menor: el capitalismo da libertad para crear sin censura, pero a menudo esa libertad se convierte en una fábrica de trivialidad. La música ya no es un camino hacia la belleza, sino una válvula de escape para tensiones generadas por una civilización que ha descartado el alma, el arte y la ética en favor de la productividad y el entretenimiento. El humanismo, como Homero, ha quedado ciego y mendiga a las puertas del mercado global.

Y así llegamos al siglo XXI, donde nuevos ídolos se alzan. Ideologías como la de género, el aborto como derecho publicitario, y otras prácticas abyectas no son promovidas por convicción, sino por utilidad: permiten moldear masas fáciles de controlar. Ya no hace falta una KGB si puedes tener una red social. El control se ha vuelto cultural, viral, emocional. ¿Gramsci? Está sonriendo en alguna parte del infierno del pensamiento.

El problema no es solo qué música escuchamos, sino qué silencios toleramos. Cuando se margina a Bach en las escuelas pero se aplaude a la banalidad rimada, el problema no es de gusto: es de civilización. Ya lo decía Solzhenitsyn: “La línea que divide el bien y el mal pasa por el corazón de cada hombre.” También podríamos decir: la línea que divide la música del ruido pasa por cada auricular.

Y así estamos, entre dioses muertos y dioses fabricados, entre lo sublime y lo grotesco, entre la catedral gótica y el beat reguetonero. La música, que una vez levantó monasterios y naciones, hoy se alquila al mejor postor. Pero no todo está perdido. En algún rincón, un niño aprende violín, un coro ensaya Palestrina, una anciana reza con un canto gregoriano. Allí aún late la esperanza.

Última actualización: 06/08/2025