Talvez Tarzán sea la última reserva de lo auténticamente humano
Hay una nueva diosa que reina sobre la tierra. Se llama Velocidad. Es joven, plástica, adicta al Wi-Fi, exhibicionista por naturaleza. Ha tomado el alma del millennial como rehén y, para mantenerlo entretenido, le ofrece luces parpadeantes, narrativas de quince segundos, y una vida que no se vive, sino que se “sube”.
Frente a esta estructura tecnológica, tan potente como invasiva, tan eficiente como vacía, surge una pregunta incómoda, como un ladrido en medio de un concierto de cámara:
¿Cómo apaciguar el corazón de un millennial educado por algoritmos?
No es fácil. A esta criatura lo ha criado la pantalla, lo ha amamantado Netflix y ha sido catequizado por TikTok. Pedirle paciencia, esfuerzo y atención sostenida para asimilar la música que enriquece el alma es —seamos honestos— una petición indecente. Requiere una heroicidad antinatural. El resultado de tal empresa será, como siempre, una élite mínima en la punta de la pirámide: pocos pagan el precio de la interioridad, el silencio, la belleza sin filtros ni seguidores.
Y sin embargo, ahí está la tarea. Comenzar con los párvulos. Con los que todavía no han sido colonizados por la Diosa Velocidad. Ellos, los pequeños, aún dicen la verdad sin miedo al qué dirán. Viven las emociones a su máxima intensidad, con esa pureza que la universidad, el mercado y el “desarrollo profesional” se encargan luego de esterilizar.
Yo tengo 70 años. Es decir, tengo todas las edades anteriores. Las he vivido, las conservo, las acaricio como un repertorio interno. Por eso escojo ser niño: para crear, para componer, para tocar el piano sin miedo a fracasar en la bolsa de valores de la vanidad.
¿Y la universidad? Ah, la universidad… Ese laboratorio de contaminación intelectual. Un centro de producción en masa de opinólogos desconectados del arte, del alma, del bien. Allí se premia la velocidad del argumento, no su profundidad; la cantidad de publicaciones, no su verdad. Allí, en lugar de formar seres humanos, se fabrican “recursos humanos”.
Y mientras tanto, la tecnología avanza como una topadora sin alma.
El futuro parece claro: se eliminarán profesiones enteras. Primero los choferes, luego los traductores, después los maestros. Los médicos, los arquitectos, los músicos.
Hasta que solo queden… los que operan la inteligencia artificial.
¿O también ellos quedarán vacantes? ¿Será que ni siquiera necesitaremos humanos para mantener a la Diosa Velocidad?
Y entonces, quizás, en medio del aburrimiento digital total, en el absoluto sinsentido de una vida sin imperfección ni sorpresa, la humanidad empiece a añorar la artesanía y el arte. Tal vez el mundo empiece a mendigar un cello, una taza hecha a mano, una fuga de Bach tocada por alguien que no tiene Wi-Fi.
Václav Havel, ese lúcido checo que entendía que la política sin alma es sólo manipulación, lo advirtió: se necesita una revolución humanista. No desde los ministerios ni las apps, sino desde la sociedad, el arte, la fe y el coraje de quienes aún creen que el alma no es una función cerebral.
Volver a la bondad. Volver a la belleza. Volver al bien.
Y sobre todo, volver al niño interior, ese que no compite, no monetiza, no mide su talento por los “likes”. Ese que se sienta al piano sin pensar en la viralidad.
Ese que, como un pequeño Orfeo, todavía puede encantar a las fieras del algoritmo.
Y, ¿qué hay de Tarzán? Ese otro niño eterno, hijo adoptivo de la selva, ajeno a las pantallas y a las notificaciones. Tal vez Tarzán sea la última reserva de lo auténticamente humano: no por salvaje, sino por completo. No necesitaba tutoriales, ni simulaciones neuronales, ni chips debajo de la piel para sobrevivir. Sabía cuándo callar, cuándo observar, cuándo trepar. No se entretenía: vivía.
En este mundo de espejismos digitales, Tarzán no es nostalgia, es advertencia. Porque mientras más se sofistica la inteligencia artificial, más evidente se vuelve que no es una imitación del cerebro humano, sino su caricatura estructural. Una máquina que predice sin comprender, que genera sin sufrir, que calcula sin amar. Puede hacer muchas cosas, excepto ser.
Y cuando el humano haya delegado todo —desde la escritura de poemas hasta la elección de pareja— quizás empiece a preguntarse si no será mejor colgar el traje, dejar el cubículo, y lanzarse de nuevo a las lianas. No para huir, sino para recordar qué significa estar vivo.
Última actualización: 07/07/2025









