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Cuando la cultura necesita permiso para respirar

Eladio Soto/Arquitecto |
Cuando la cultura necesita permiso para respirar

Ayer nuestro quinteto musical tuvo el privilegio de ofrecer un concierto en el quiosco del parque central de Grecia. No fue una presentación cualquiera. Fue el resultado de un largo y tortuoso recorrido administrativo para obtener la autorización municipal de utilizar un espacio público que, paradójicamente, permanece desocupado la inmensa mayoría del tiempo.

Finalmente la música sonó. Y ocurrió lo que siempre ocurre cuando la cultura llega sin cobrar entrada y sin pedir nada a cambio: el público respondió con entusiasmo, con aplausos y con gratitud. No existe mejor evaluación que la sonrisa de una familia que se detiene a escuchar una melodía en medio del bullicio cotidiano.

Conviene aclarar algo que pareciera olvidarse con facilidad: nuestra labor es completamente Ad Honorem. Ningún integrante recibe remuneración. Lo hacemos porque creemos que una ciudad no se construye únicamente con cemento, calles y edificios; también se construye con arte, con belleza y con espacios donde el espíritu pueda descansar.

Ahora nos encontramos ante una situación que, por decir lo menos, invita a la reflexión.

El próximo 2 de agosto, solemnidad de la Virgen de los Ángeles, nuestra agrupación preparó con respeto y dedicación la interpretación del Himno a la Virgen de los Ángeles para enriquecer la celebración religiosa. Los trámites municipales no parecían presentar inconveniente alguno; sin embargo, a última hora surgió un nuevo requisito: la autorización del Cura Párroco, quien aparentemente se encuentra de vacaciones y desconocemos si regresará con el tiempo suficiente para conocer la solicitud.

Y aquí nace una pregunta que trasciende nuestro caso particular.

¿Puede una manifestación cultural y religiosa, realizada gratuitamente, ser considerada inconveniente? ¿Puede interpretarse como una amenaza una agrupación musical que únicamente desea ofrecer un homenaje a la Patrona de Costa Rica?

Resulta casi poético imaginar que cinco músicos con partituras, un teclado y muchas horas de ensayo puedan representar un peligro mayor que el silencio de un quiosco vacío.

Confieso que esta situación me produce una amarga sensación de "déjà vu". No es la primera vez que desde algunos sectores de la Iglesia local se levantan obstáculos para una iniciativa cultural. Ocurrió anteriormente cuando intentamos interpretar "El Duelo de la Patria", obra profundamente arraigada en la tradición de las procesiones de Semana Santa en Costa Rica y en buena parte de Centroamérica. Aquella experiencia también estuvo marcada por dificultades innecesarias.

No deja de ser curioso.

En un país que proclama la cultura como un valor nacional, pareciera que a veces los artistas deben demostrar primero que no representan un riesgo para poder tocar una nota musical.

La ironía alcanza niveles casi literarios: mientras muchas ciudades invierten millones para atraer músicos a sus parques, aquí los músicos llegan gratuitamente... y aun así deben superar una carrera de obstáculos administrativos digna de una competencia olímpica.

Si algún día Beethoven hubiera tenido que tramitar permisos semejantes, probablemente todavía estaríamos esperando el estreno de la Novena Sinfonía.

Más allá de la anécdota, existe un tema de fondo que merece una discusión serena.

El parque central pertenece al dominio público municipal. Es un espacio destinado al encuentro ciudadano. Si existiera algún convenio entre la Municipalidad y la Parroquia respecto al uso del quiosco o de determinados actos públicos, sería conveniente que dicho acuerdo fuera conocido con absoluta transparencia y que encontrara respaldo en el ordenamiento jurídico y en los acuerdos municipales correspondientes.

No se trata de cuestionar la autoridad religiosa sobre los actos litúrgicos que se desarrollan dentro del templo, pues esa competencia resulta evidente. Pero sí es legítimo preguntarse hasta dónde puede extenderse esa autorización cuando se trata de un espacio público administrado por la Municipalidad.

Estas interrogantes no nacen del espíritu de confrontación.

Nacen del deseo de comprender.

Porque la cultura no debería pedir permiso para existir.

La música jamás ha dividido a un pueblo; por el contrario, lo ha unido desde tiempos inmemoriales. Difícilmente una interpretación del Himno a la Virgen de los Ángeles pueda entenderse como un acto ofensivo cuando su único propósito es rendir homenaje, elevar el espíritu y contribuir a la solemnidad de una celebración profundamente arraigada en el corazón de los costarricenses.

Ojalá quienes tienen la responsabilidad de autorizar estas actividades puedan detenerse un momento a reflexionar.

Cada vez que se cierran las puertas a una iniciativa cultural gratuita, no pierde únicamente un grupo de músicos.

Pierde la ciudad.

Pierden los niños que descubren por primera vez un instrumento musical.

Pierden los adultos mayores que encuentran en una melodía un recuerdo feliz.

Pierden las familias que por un instante olvidan sus preocupaciones.

Y, sobre todo, pierde una comunidad que necesita más encuentros alrededor de la belleza y menos obstáculos para quienes, sin pedir nada a cambio, dedican su tiempo a servir.

La cultura nunca ha sido un problema.

El verdadero problema comienza cuando empezamos a verla como si lo fuera.

Última actualización: 27/07/2026