La cultura en la rampa de descenso
Recientemente se convocó a un amplio grupo de artistas de nuestro cantón. El propósito era conocernos, escuchar nuestros proyectos, identificar iniciativas, abrir espacios de diálogo y, quizás, sembrar las bases para futuras mesas de trabajo. Entiendo que este esfuerzo comenzó alrededor del año 2022 y que recientemente ha sido retomado por la Municipalidad. La iniciativa merece reconocimiento. Es saludable. Es necesaria. En una época donde la cultura suele ser invitada de última hora a la mesa de las decisiones públicas, cualquier gesto de acercamiento resulta valioso.
Sin embargo, interpretar las observaciones que siguen como una crítica destructiva sería un error. Mi intención es precisamente la contraria: aportar una reflexión sobre las causas profundas que han impedido que el movimiento cultural de nuestra ciudad alcance el desarrollo que merece.
Sería injusto atribuir a la administración actual todos los problemas que hoy enfrenta el sector cultural. La realidad es más compleja. Desde hace décadas convivimos con iniciativas dispersas, esfuerzos individuales admirables, pequeños grupos que trabajan con pasión, pero que rara vez logran converger en una visión común. La diversidad de géneros artísticos es una riqueza, pero cuando no existe una estructura capaz de integrarlos, esa riqueza termina convertida en fragmentación.
Por ello sospecho que cualquier mesa de trabajo, cualquier censo cultural o cualquier directorio de artistas tendrá efectos limitados mientras no se atienda el problema esencial: la ausencia de una visión política clara sobre el papel de la cultura en el desarrollo humano.
Y aquí aparece el verdadero nudo del asunto.
Los alcaldes y administradores municipales de las últimas décadas, con pocas excepciones, no han comprendido la cultura como un elemento fundamental para la formación integral de los ciudadanos. Con frecuencia se le considera un complemento decorativo, una especie de postre institucional que se sirve después de resolver los asuntos "verdaderamente importantes". Se atiende la infraestructura vial, la seguridad, la gestión de residuos, el comercio y la inversión; luego, si sobra tiempo, presupuesto o entusiasmo, se recuerda que también existen músicos, escritores, pintores y actores.
La cultura se convierte así en el adorno del pastel, cuando en realidad forma parte de la harina.
No se trata de exigir que un alcalde sea artista, compositor o filósofo. Nadie esperaría que un alcalde dirigiera una sinfonía o esculpiera una estatua. Pero sí debería rodearse de asesores culturales con auténtica capacidad de influencia. No de figuras decorativas convocadas para la fotografía institucional, sino de personas capaces de intervenir en la toma de decisiones.
Mientras esto no ocurra, seguiremos vendiendo peines a los calvos.
Reconozco los méritos del alcalde Donald Quesada en diversos ámbitos de la gestión municipal. Su participación en la articulación de iniciativas económicas y en la integración de sectores productivos ha sido significativa. El problema no es cambiar alcaldes. El problema es comprender que la cultura no es un lujo para tiempos de abundancia, sino una necesidad permanente para la construcción de ciudadanía.
La dificultad política es evidente: los resultados de una inversión cultural rara vez se perciben en el corto plazo. Una calle asfaltada puede inaugurarse en pocos meses; una plaza restaurada puede fotografiarse el mismo día de su apertura. Pero una generación formada en el arte produce sus frutos años después. Y esa es precisamente la tragedia de la cultura frente a la política electoral: los beneficios suelen cosecharlos otros.
Quizás por ello hemos venido descendiendo lentamente por una rampa que muchos prefieren no mirar.
No puedo precisar el momento exacto en que comenzó esta pendiente, pero sus señales son visibles. Algunas decisiones urbanas han resultado particularmente dolorosas. La desaparición de la Plaza Helénica constituye uno de los ejemplos más lamentables. Más simbólico aún resulta el estado del busto de Aristóteles, vandalizado y abandonado durante años a la indiferencia colectiva.
Hay algo profundamente revelador en el hecho de que un pueblo permita que el rostro de Aristóteles permanezca mutilado sin que nadie considere urgente restaurarlo.
No se trata únicamente de una escultura dañada.
Es una metáfora.
Es la representación física de una comunidad que ha dejado de percibir la cultura como un patrimonio vivo.
Como arquitecto, mi mirada está inevitablemente ligada al espacio. Observo la ciudad a través de sus volúmenes, de sus plazas, de sus recorridos urbanos y de las relaciones entre sus edificios. Desde esa perspectiva sostengo que no habrá avances culturales significativos mientras no se construya la infraestructura necesaria para que la cultura pueda existir de manera permanente.
Las actividades culturales requieren espacio.
La música necesita auditorios.
El teatro necesita escenarios.
Las exposiciones necesitan salas.
Los encuentros ciudadanos necesitan plazas.
Resulta curioso observar cómo existe plena claridad cuando se plantea la construcción de instalaciones para la policía municipal. En esos casos nadie discute la necesidad del espacio físico. Se entiende perfectamente que una institución necesita un edificio para operar.
Pero cuando se habla de cultura, pareciera que bastan los discursos, las buenas intenciones y las declaraciones protocolarias.
Como si una orquesta pudiera ensayar dentro de un decreto.
Como si un coro pudiera cantar dentro de un reglamento.
Como si una escuela artística pudiera funcionar dentro de una promesa electoral.
La experiencia demuestra lo contrario.
Por ello considero que uno de los momentos más fértiles para la cultura local fue la época en que el arquitecto Javier Bolaños Quesada impulsó la construcción del Centro de la Cultura. Aquella obra no fue únicamente un edificio. Fue una declaración de principios. Representó el reconocimiento de que las manifestaciones artísticas necesitan un hogar físico donde desarrollarse.
Las paredes también educan.
Los espacios también forman ciudadanos.
La arquitectura también produce cultura.
Durante aquellos años florecieron iniciativas que hoy recordamos con nostalgia. Nuestro cantón llegó a destacar por la presencia de figuras musicales de enorme relevancia, como Isaac Barahona, Donato Salas y la Orquesta Internacional de Lubín Barahona. Surge entonces una pregunta inevitable: ¿qué ocurrió para que perdiéramos semejante riqueza?
La respuesta probablemente sea múltiple, pero una parte importante se encuentra en la progresiva pérdida de espacios, de visión y de respaldo institucional.
Por ello he insistido en la necesidad de pensar nuevamente el entorno urbano como un conjunto integrado. He propuesto proyectos que articulen la antigua Plaza Helénica con el Centro de la Cultura, el Parque Central, la Municipalidad y la Iglesia.
No se trata simplemente de construir edificios.
Se trata de construir significado.
La Municipalidad representa el centro cívico.
La Iglesia representa el centro espiritual.
El Centro de la Cultura representa el centro artístico.
Juntos constituyen las columnas fundamentales de la identidad de una ciudad.
No es casualidad que ciudades como Heredia hayan comprendido esta relación y la hayan incorporado a su desarrollo urbano. Allí encontramos ejemplos valiosos de cómo un espacio cívico-cultural puede fortalecer la vida comunitaria.
Por eso mi llamado final es sencillo.
Señores de la Municipalidad: escuchen a los artistas antes de tomar decisiones culturales.
No porque los artistas sean infalibles.
No porque posean una verdad absoluta.
Sino porque nadie consulta a un jardinero para diseñar un puente, ni a un ingeniero para dirigir una orquesta.
Las decisiones culturales no deben ser producto exclusivo del cálculo político. Deben nacer del diálogo entre quienes administran la ciudad y quienes dedican su vida a crear belleza, pensamiento y memoria.
Todavía estamos a tiempo de abandonar la rampa de descenso.
Pero para lograrlo será necesario comprender que la cultura no es un gasto accesorio, ni una actividad recreativa para llenar agendas municipales.
Es una inversión en la inteligencia colectiva de un pueblo.
Y los pueblos que dejan morir su cultura terminan, tarde o temprano, olvidando quiénes son.
Última actualización: 01/06/2026









