¿Para qué tractores sin violines?
En la Plaza Helénica de Grecia, un lugar concebido para el desarrollo de las manifestaciones culturales, existía una especie de escenario enmarcado por unas columnas y una viga ornamental sobre la cual se leía una frase escrita en letras metálicas doradas. Era una frase que daba sentido al lugar y que decía: «¿Para qué tractores sin violines?». Famosa desde que don José Figueres Ferrer la pronunciara el 26 de julio de 1972, con motivo de la inauguración del Programa Juvenil de la Orquesta Sinfónica Nacional.
Desde nuestra óptica, esa frase pareciera haber sido pensada para Grecia, donde el principal vehículo para el desarrollo de las actividades agrícolas —especialmente de la caña y del café— son los tractores, que representan no solo el progreso material, sino también la economía, la producción, la tecnología, la infraestructura y el trabajo productivo. Por otro lado, los violines simbolizan la cultura, el arte, la educación, la sensibilidad, la identidad, la música, el pensamiento y el espíritu humano.
Es que de poco sirve crecer económicamente o modernizarse si al mismo tiempo se abandona la cultura, el arte, la formación humana y el respeto por la naturaleza y el medio ambiente. Un cantón y un país desarrollado únicamente en lo material, pero pobre en valores y espíritu, es una sociedad incompleta que termina perdiendo parte de su sentido.
Precisamente porque una comunidad necesita tanto tractores como violines, resulta alentador que en Grecia se esté construyendo una política cantonal de cultura mediante procesos de consulta ciudadana. Hace algunos días participé en una reunión comunal convocada por el Departamento de Gestión Cultural de la Municipalidad de Grecia, en el marco de la consulta para la formulación de dicha política, una iniciativa que abre un camino de esperanza para fortalecer la gestión cultural de este cantón que, por su propio nombre, debería brillar en las ciencias, las artes y las letras.
Adicionalmente, el pasado 30 de mayo, durante la exposición “Cuarenta años, cuarenta artistas”, organizada para celebrar las cuatro décadas del Centro de la Cultura de Grecia, el ilustre académico griego y catedrático universitario Dr. Ricardo Salas nos hablaba de la iniciativa Ius ars para promover el “derecho al arte”. Este concepto comprende el derecho de todas las personas a apreciar las distintas manifestaciones artísticas, a elegir aquellas que más les identifiquen y, además, el derecho de cada individuo a expresar su creatividad de acuerdo con sus talentos y habilidades. Tanto el observador como el artista tienen derecho al respeto de sus gustos, sus expresiones y sus obras.
Sin embargo, a pesar de estos esfuerzos, hemos observado en los últimos días que, con motivo de la construcción de las oficinas para la Policía Municipal en la Plaza Helénica, se removieron sin mayor consideración los murales que existían en el lugar. Obras que, entendemos, habían sido financiadas por la propia Municipalidad y que formaban parte del paisaje cultural de la comunidad.
Más allá de la desaparición física de estos murales, el hecho pone en evidencia una preocupante falta de comunicación entre los distintos departamentos municipales y, sobre todo, una insuficiente sensibilidad hacia el valor del arte como patrimonio colectivo. El problema no radica únicamente en la remoción de unos murales; el verdadero problema es la ausencia de mecanismos institucionales que garanticen la valoración, protección y adecuada gestión de las expresiones culturales locales.
Aprovecho este espacio para agradecer, en nombre de quienes conservamos alguna sensibilidad hacia el arte, a los artistas griegos que intentaron dejar su huella en esos murales y enriquecer con su creatividad los espacios públicos de nuestro cantón. Asimismo, deseo expresar nuestra solidaridad y consideración por el tratamiento que ha recibido su obra. Entre ellos y ellas se encuentran Rose Mery Vega Zeledón, Juan Vega Palma, Sonia Durán (D.E.P.), Francisco Chávez, Rodolfo Rodríguez, Marisol Solís Díaz, Jean Paul Apanda y don José Gerardo Hidalgo.
La llamada de atención es pertinente porque esta parece haberse convertido en una práctica recurrente cuando se realizan remodelaciones de espacios públicos. Recordamos que, cuando se construyó la fuente en el parque central, se removió un obelisco de gran significado histórico, colocado con motivo del centenario de la fundación de Grecia como pueblo. Años más tarde, cuando se desarrolló el parque infantil en la misma Plaza Helénica, desapareció también el busto de Aristóteles, un obsequio de la Grecia europea a nuestra Grecia de América, que nunca volvió a ocupar un espacio visible para la ciudadanía.
Esperemos que estas reflexiones sean tomadas en cuenta dentro de la futura política cantonal de cultura y que se establezcan protocolos claros para la protección del patrimonio artístico e histórico de nuestro cantón. Porque una ciudad necesita seguridad, infraestructura y progreso. Necesita tractores. Pero también necesita memoria, arte y sensibilidad. Necesita violines. Y cuando una comunidad deja de escuchar sus violines, corre el riesgo de perder una parte esencial de su alma.
Última actualización: 01/06/2026









