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Cuando la música deja de ser adorno y vuelve a ser oración

Eladio Soto Barquero/Arquitecto |
Cuando la música deja de ser adorno y vuelve a ser oración

Hay momentos en la historia en que una palabra parece atravesar los siglos y regresar a nosotros con una fuerza nueva.

Tal vez eso es lo que acaba de ocurrir con las palabras del papa León XIV sobre la música litúrgica.

El Santo Padre ha recordado algo que, para quienes amamos la música, puede parecer evidente, pero que en la práctica muchas veces hemos olvidado: la música dentro de la liturgia no es decoración.

No está allí para llenar silencios.

No está para crear un ambiente agradable.

No está para convertir la misa en un espectáculo.

No está, siquiera, para demostrar cuánto talento tienen los músicos.

La música litúrgica tiene una misión mucho más profunda: ayudar a que el hombre entre en el misterio que está celebrando.

León XIV, al comentar la Constitución Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II, recordó que la música forma parte de la acción litúrgica y que cantar y tocar significa rezar. Citando a san Agustín, recuperó aquella hermosa expresión: Cantare amantis est: cantar es propio de quien ama.

Y aquí aparece una idea que trasciende incluso la propia práctica religiosa.

La música puede llegar allí donde todavía no ha llegado la palabra.

Puede abrir una puerta en la conciencia antes de que el pensamiento sepa que esa puerta existe.

Puede producir silencio interior antes de que alguien pronuncie una sola palabra.

Puede disponer el corazón para recibir una verdad.

Por eso la Iglesia, a lo largo de su historia, comprendió que la música no debía estar simplemente alrededor de la liturgia: debía estar dentro de ella.

La música como parte de la civilización occidental

Si queremos comprender la historia de Occidente, no podemos separar el cristianismo de la música.

Durante siglos, monasterios, catedrales, conventos y escuelas fueron también lugares donde se conservó, estudió, escribió y transmitió música.

La Iglesia no solamente utilizó la música: ayudó a construir una tradición musical que terminaría influyendo profundamente en la cultura occidental.

El canto gregoriano, la polifonía, la música coral, el desarrollo de la escritura musical, la enseñanza de los cantores, la tradición organística y posteriormente la extraordinaria música sacra de compositores europeos forman parte de una misma corriente civilizatoria.

Por eso resulta significativo que el Concilio Vaticano II haya llamado a la tradición musical de la Iglesia universal un “tesoro de valor inestimable”. Sacrosanctum Concilium sostiene además que el canto sagrado unido a las palabras constituye una parte necesaria o integral de la liturgia solemne.

No se trata, entonces, de una cuestión estética secundaria.

Se trata de una cuestión de transmisión cultural, espiritual y teológica.

La música ayuda a decir aquello que las palabras, por sí solas, muchas veces no alcanzan a decir.

La advertencia de León XIV

Precisamente por eso resulta tan importante la advertencia del papa León XIV.

El Pontífice señala que la música litúrgica debe estar por encima de las modas y de las sensibilidades particulares de los autores. No significa esto que la Iglesia deba vivir encerrada en un museo musical.

Significa algo mucho más profundo:

el músico no debe colocarse por encima del misterio que está llamado a servir.

La música litúrgica debe corresponder al momento de la celebración. Debe ser noble y sencilla; debe poseer calidad artística, pero también ser capaz de ser ejecutada y comprendida por la comunidad. Sus textos deben ser profundos, adecuados y comprensibles, inspirados principalmente en la Sagrada Escritura, en los libros litúrgicos y en la tradición espiritual de la Iglesia.

Y aquí aparece una expresión que merece ser recuperada con toda su fuerza:

“Lex orandi, lex credendi.”

La ley de la oración es también la ley de la fe.

Esto significa que aquello que una comunidad aprende a rezar termina también formando aquello que cree.

Una generación que canta determinadas palabras, durante años, no solamente está cantando.

Está aprendiendo.

Está memorizando.

Está interiorizando.

Está construyendo una sensibilidad religiosa.

Por eso una canción puede enseñar teología sin parecer una clase de teología.

Y precisamente por eso una música equivocada, superficial o pobre puede terminar transmitiendo una concepción igualmente pobre de aquello que se celebra.

La Iglesia ya lo había comprendido

La reflexión de León XIV no aparece aislada.

Más de un siglo antes, san Pío X había señalado que la música sagrada debía servir a la gloria de Dios, a la santificación y a la edificación de los fieles. Para él, la música debía revestir adecuadamente el texto litúrgico y darle mayor eficacia para despertar la devoción.

Incluso fue severo al advertir sobre el peligro de convertir la música en protagonista.

La liturgia no debía quedar subordinada a la música.

La música debía estar al servicio de la liturgia.

Es una distinción fundamental.

Cuando el músico quiere demostrar lo que sabe, la música puede convertirse en espectáculo.

Cuando el músico desaparece detrás de aquello que está expresando, entonces puede convertirse en servicio.

Y quizá esa sea una de las formas más elevadas de humildad artística.

Nueva España: cuando la música habló antes que la lengua

La historia de la evangelización de América ofrece un ejemplo extraordinario del poder de esta idea.

En la Nueva España, los misioneros descubrieron muy pronto que la música podía convertirse en un puente entre mundos que todavía no compartían una lengua.

Los franciscanos, entre otros religiosos, utilizaron el canto, la enseñanza musical, los instrumentos, las procesiones y las representaciones religiosas como medios de evangelización. Para 1569 ya existían en los conventos franciscanos programas organizados de enseñanza musical a indígenas, incluyendo canto, instrumentos y participación en el culto.

La música no fue un simple acompañamiento de la catequesis.

Fue una de sus herramientas.

La investigación histórica contemporánea ha mostrado precisamente que en Nueva España la música participó en la enseñanza, en la evangelización y en los actos rituales, y que el encuentro entre las tradiciones musicales europeas e indígenas produjo también nuevas formas de identidad comunitaria.

Hay aquí una lección extraordinaria.

Los misioneros no encontraron un continente sin música.

Encontraron pueblos profundamente musicales.

Y comprendieron que no necesariamente tenían que destruir esa sensibilidad, sino utilizarla como puente.

En 1583 apareció la Psalmodia Christiana de Bernardino de Sahagún, publicada con 333 cantos en lengua náhuatl para contribuir a la formación cristiana de las comunidades indígenas. Es decir, la música podía transmitir un contenido cristiano incluso antes de que el castellano fuera plenamente comprendido.

No fue solamente Europa llevando música a América.

Fue también un encuentro musical.

La Iglesia permitió, con distintos grados y en distintos momentos, que las tradiciones locales entraran en diálogo con la tradición cristiana.

Eso coincide sorprendentemente con lo que León XIV recordó recientemente: la inculturación también alcanza a la música, y el Concilio recomienda valorar la música tradicional de los pueblos dentro de una adecuada formación del sentido religioso.

Una precisión necesaria sobre Bach

Aquí conviene hacer una pequeña corrección histórica que, lejos de debilitar el argumento, lo fortalece.

No podemos afirmar que durante la primera evangelización de la Nueva España se interpretara música de Johann Sebastian Bach.

Bach nació en 1685, cuando ya habían transcurrido más de ciento cincuenta años desde los primeros esfuerzos sistemáticos de evangelización en México.

Pero la realidad histórica es todavía más interesante.

En Nueva España existió desde muy temprano una intensa vida musical europea y americana. Hernando Franco desarrolló una importante actividad musical en la Catedral de México desde el siglo XVI. Más tarde, Juan Gutiérrez de Padilla convirtió la música de la Catedral de Puebla en uno de los grandes centros musicales del mundo novohispano.

Hubo misas, motetes, himnos, villancicos, salmos y música policoral.

Hubo organistas, cantores, maestros de capilla e instrumentistas.

Hubo indígenas formados musicalmente por los religiosos.

Hubo música en español, latín y lenguas indígenas.

Y hubo una auténtica cultura musical cristiana americana.

La historia, por tanto, nos ofrece un argumento todavía más poderoso que el ejemplo de Bach:

la Iglesia utilizó la música como lenguaje de evangelización mucho antes de que el público pudiera comprender plenamente el idioma europeo de la catequesis.

La música puede entrar por una puerta distinta de la inteligencia

Esto debería hacernos pensar también en nuestra época.

Vivimos rodeados de sonidos.

La música llega constantemente a nosotros.

Pero no toda música conduce al mismo lugar.

Hay música que excita.

Hay música que distrae.

Hay música que entretiene.

Hay música que despierta recuerdos.

Hay música que conmueve.

Y hay música que puede producir algo todavía más profundo: silencio interior.

La liturgia necesita ese último territorio.

Porque el propósito de la música sagrada no debería ser impedir el silencio, sino conducir hacia él.

Una buena música religiosa puede hacer que el hombre deje por unos instantes de escucharse a sí mismo y empiece a escuchar algo que está más allá de sí mismo.

Quizá por eso León XIV habla de la música como expresión de la dimensión afectiva de la oración.

La razón puede explicar.

La palabra puede enseñar.

Pero la música puede preparar el corazón para recibir aquello que la razón y la palabra están tratando de comunicar.

¿Qué estamos haciendo hoy con la música en nuestras iglesias?

Esta pregunta me resulta inevitable como católico.

Soy un católico poco practicante, pero precisamente por esa condición de observador puedo mirar con cierta distancia algunas de las cosas que ocurren dentro de nuestras celebraciones.

Y muchas veces tengo la impresión de que hemos olvidado la extraordinaria responsabilidad que representa escoger una música para acompañar una misa.

No se trata de preguntar únicamente:

“¿A la gente le gusta?”

También deberíamos preguntar:

“¿Qué está diciendo esta música?”

“¿Qué está haciendo sentir?”

“¿Ayuda a comprender el misterio que estamos celebrando?”

“¿Permite orar?”

“¿Eleva?”

“¿Une?”

“¿Ayuda a que la comunidad cante como comunidad?”

“¿O convierte al músico en protagonista?”

Son preguntas distintas.

Y quizá necesitemos volver a formularlas.

Porque si lex orandi, lex credendi, entonces la música que entra repetidamente en nuestras iglesias también está formando la fe de quienes allí participan.

Una invitación que queremos recoger

Es desde esta perspectiva que la Camerata Académica de Grecia quiere recoger humildemente la invitación del Santo Padre.

No pretendemos presentarnos como una gran orquesta.

No lo somos.

Nuestros recursos son limitados.

Nuestro grupo es pequeño.

Nuestros músicos tienen diferentes niveles de preparación.

Pero precisamente por eso nuestra propuesta no nace de la pretensión, sino del deseo de servir.

La Camerata Académica de Grecia está dispuesta a ponerse a disposición de las autoridades eclesiásticas para colaborar Ad Honorem, dentro de nuestras posibilidades, en aquellas celebraciones o actividades en las que nuestra pequeña agrupación pueda contribuir a recuperar esa dimensión espiritual y artística de la música que el Papa nos invita a mirar nuevamente.

No queremos llevar la música a la Iglesia como quien lleva un espectáculo.

Queremos llevarla como quien lleva una ofrenda.

No queremos que la orquesta sea escuchada.

Queremos que, a través de ella, pueda ser escuchado algo más.

Quizá una palabra del Evangelio.

Quizá una oración.

Quizá un salmo.

Quizá una melodía que haga que alguien cierre los ojos y, por unos segundos, vuelva a encontrar aquello que había perdido.

Volver a hacer de la música una forma de oración

La invitación de León XIV puede ser interpretada, entonces, como una invitación mucho más amplia.

No solamente a los compositores.

No solamente a los directores.

No solamente a los cantores.

Es una invitación a la Iglesia entera.

A recordar que la belleza también evangeliza.

Que el arte también educa.

Que la música también puede formar conciencia.

Y que una civilización no se construye únicamente mediante leyes, tratados y discursos.

También se construye mediante aquello que una sociedad aprende a escuchar.

Durante siglos, Europa aprendió a escuchar en sus iglesias.

Aprendió a escuchar gregoriano.

Aprendió a escuchar polifonía.

Aprendió a escuchar órganos, coros, motetes, misas y oratorios.

Y a través de esos sonidos aprendió también determinadas ideas sobre el hombre, sobre Dios, sobre la muerte, sobre la esperanza, sobre el pecado, sobre el perdón y sobre la trascendencia.

La música fue parte de esa construcción espiritual de Occidente.

Y América recibió también esa herencia, pero la transformó.

En Nueva España, la música europea encontró las voces, los instrumentos y las sensibilidades indígenas.

De aquel encuentro nació una cultura nueva.

Hoy nos corresponde preguntarnos qué podemos hacer nosotros con esa herencia.

No para repetir mecánicamente el pasado.

No para convertir nuestras iglesias en museos.

No para despreciar las formas contemporáneas.

Sino para recuperar una pregunta fundamental:

¿Puede nuestra música volver a decir algo que merezca ser escuchado?

El papa León XIV parece responder que sí.

Y quizá esa respuesta sea también una tarea.

Una tarea para los compositores.

Para los músicos.

Para los sacerdotes.

Para las comunidades.

Para las escuelas.

Y también para pequeñas agrupaciones como la nuestra.

La Camerata Académica de Grecia quisiera simplemente decir:

Aquí estamos.

Con nuestras limitaciones.

Con nuestros instrumentos.

Con nuestra voluntad.

Con nuestro amor por la música.

Y, sobre todo, con el deseo de que aquello que sabemos hacer pueda convertirse, aunque sea modestamente, en un servicio.

Porque cuando la música deja de querer ser protagonista y vuelve a ponerse al servicio de la palabra, de la liturgia y del misterio, q

uizá sucede algo maravilloso:

el músico deja de tocar solamente para los oídos y comienza a tocar para el alma.

Y entonces la música deja de ser adorno.

Vuelve a ser oración.

Última actualización: 29/08/2026