Gran Proyecto Musical Respaldado por La Comisión de Culturales de la Municipalidad de Grecia
La música no tiene dueño: ensayo sobre el nacimiento de una orquesta
La música, en su esencia más profunda, pertenece a la humanidad entera. No es patrimonio de nadie en particular, porque no es una cosa que pueda encerrarse en un cofre ni archivarse en una bóveda. La música no es materia, sino vibración que se enciende en el aire y se extingue en el silencio, dejando su huella en el alma de quien la escucha. Una partitura puede registrarla, una grabación puede preservarla, pero su verdad solo existe en el instante mismo de su aparición.
Es, como diría Platón, una forma que participa de lo eterno; un don compartido que se escapa de toda pretensión de posesión. Así como el viento no puede ser atrapado, la música rehúsa ser propiedad. Su misterio radica en ser, al mismo tiempo, íntima y universal.
El director Sergiu Celibidache lo expresó con sabiduría: la música no aparece en el simple amontonamiento de sonidos, sino en el espacio invisible que los conecta. Para que la música sea, los sonidos deben diluirse, casi desaparecer, como la espuma del mar que anuncia lo profundo. Es en la respiración, en la tensión, en el silencio, donde el oyente puede entrar y descubrir lo inefable. Lo que permanece, entonces, no es el golpe de la nota, sino el eco interior que despierta en la conciencia. Así como en la mística lo absoluto solo se revela en el vacío, en la música es el silencio lo que le da vida a la melodía.
Algo semejante ocurre en la arquitectura. No basta con erigir volúmenes pesados; el arte de construir nace cuando esos cuerpos sólidos se disuelven y revelan el espacio. Louis Kahn lo resumió magistralmente: “La arquitectura es el diseño de espacios que inspiran.” El muro, la columna, la bóveda no son fines, sino medios: límites que enmarcan el vacío habitable. El verdadero esplendor arquitectónico no está en la piedra, sino en el aire que respiramos entre sus formas; en el silencio y la luz que esos contornos permiten. Allí, en la transparencia del espacio, aparece la arquitectura como experiencia estética.
Hoy deseo proyectar esta visión a la conformación de una orquesta naciente. Una orquesta, incluso en su expresión más pequeña y elemental, no puede ser posesión de nadie. Como la música misma, está llamada a existir en el instante compartido: en el diálogo entre instrumentos y en el puente tendido hacia el oyente. Al igual que los muros que se esfuman para dar vida al espacio, los instrumentos se funden para dejar que emerja lo invisible: la música.
Con esta convicción hemos iniciado un proyecto orquestal en Grecia. Comenzamos con un número reducido —tres músicos, tal vez, que se multiplicarán en el futuro—, pero con la certeza de que lo pequeño, cuando se alimenta de autenticidad, guarda en sí la semilla de lo inmenso. La orquesta que sueño no se mide por la cantidad de atriles, sino por la calidad de su entrega, por la amplitud de su apertura espiritual.
Hoy contamos con piano, marimba, oboe, trompeta, bajo eléctrico y otros vientos. A ellos se suma un gesto de búsqueda y de riesgo: he adquirido campanas tubulares, un instrumento poco frecuente en este tipo de ensambles. Puede parecer una rareza, pero es, en realidad, un acto de fe: la fe en que la música no debe asfixiarse en moldes rígidos, sino expandirse hacia combinaciones nuevas, hacia horizontes no transitados. Porque la creatividad no es un lujo, sino la respiración misma del arte.
A mis compañeros, músicos excelentes y conocedores de la estructura, les propongo este camino con mente abierta y corazón dispuesto. La orquesta que empezamos a levantar es más que un conjunto de sonidos; es un espacio de comunión. Que nuestras notas, juntas, puedan tocar lo más hondo de lo humano: el misterio, la trascendencia, la necesidad de lo nuevo. Que nuestro hacer sea, como decía Celibidache, una comunicación bella y profundamente humana.
La música no tiene dueño. Pero sí tiene guardianes momentáneos: aquellos que la encarnan en el tiempo, que la dejan pasar a través de sí para entregarla al otro. Esa será nuestra misión como orquesta naciente: ser cauce de un río que no nos pertenece, pero que se nos confía por un instante.
Y en ese instante, dar lo mejor de nosotros, para que lo invisible se haga audible, y lo eterno, aunque fugaz, nos visite.
Última actualización: 27/09/2025








